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JOHNNY WINTER EN EL TEATRO ASTORIA
DE LONDRES
Crónica por Martín Sassone (periodista)
martinsassone@hotmail.com
Fotos: Martín Sassone / Verónica Ocvirk
El
Teatro Astoria está repleto. En su mayoría son hombres
de entre 50 y 60 años. Muchos canosos de pelo largo, con
cara de haberlo visto todo. Es probable que con esa edad, y habiendo
vivido en Londres durante toda su vida, estos señores hayan
asistido a conciertos memorables de Eric Clapton, Peter Green, Jimi
Hendrix o los Beatles. Por eso uno podría suponer que ya
nada los conmueve, que no hay un sólo músico en el
mundo que los haga vibrar. Error.
En la previa todos estos expertos amantes del rock clásico
y del blues se ven entusiasmados, y no es por los punteos pirotécnicos
del joven Scott McKeon y su banda, que hacen de teloneros. Lo que
ocurre es que, después de mucho tiempo, el tornado texano
Johnny Winter vuelve a pisar suelo británico. Un solo concierto.
Apenas una hora y cuarto, a lo sumo, de su clásico sonido,
ese blues potente que alguna vez, en la agitada década del
setenta, llegó a ser un hard rock efectivo que sacudía
grandes estadios.
Esta vez el escenario es el del Astoria, en el corazón del
Soho londinense. Es un viejo cine que fue construido en 1927, pero
que desde 1976 se utiliza exclusivamente para conciertos de rock:
por allí pasaron desde los Rolling Stones hasta Oasis.
El
aire espeso y humoso cobra formas extrañas entre las luces
rojas y azules del escenario: un clima ideal para recibir al gran
Johnny. Salen los músicos al ruedo. El bajista Scott Spray,
el baterista Wayne June y el guitarrista Paul Nelson comienzan con
un shuffle espacial para ir calentando los motores. Pero suenan
algo desacompasados.
Los punteos de Nelson no logran aplacar la ansiedad de la gente.
Entonces Wayne June pregunta: "Are you ready for the man? Are
you ready for the legend?". El público estalla en un
"yes" eufórico. Y Johnny pisa el escenario acompañado
por un asistente. Da pasos muy cortos hasta llegar a una silla de
madera que lo espera frente a un micrófono. Se sienta, se
acomoda y el asistente le entrega su guitarra Erlewine Laser, que
usará durante todo el concierto.
La banda cierra el tema introductorio y arrancan con Hideway. El
sonido no es el ideal, pero con el correr de los temas irá
mejorando. Johnny Winter es un hombrecillo frágil, un anciano
que, parece, se desplomará sobre el escenario en cualquier
momento. Aquél que no lo conozca no dudaría en decir
que esos punteos y esa voz no provienen de ese hombre débil
y más blanco que la nieve virgen.
Johnny Winter es un verdadero bluesman. Ya lo demostró hace
mucho y sigue demostrándolo ahora. La experiencia vivida,
los años en la ruta y una pila de discos excelentes lo han
consagrado como el bluesman blanco por excelencia.
Los
motores ya están bien calientes y Paul Nelson deja el escenario.
Johnny sigue animándose al power trío y explota con
Sugar coated love, Miss Ann y She likes to boogie real low. Baja
un poco las revoluciones y comienza a tocar un blues lento y emotivo:
Blackjack, de Ray Charles. Sus punteos vuelan como agujas eyectadas
que se clavan en el corazón de un jugador que acaba de perder
todo su dinero en una sola mano.
Se lo ve cansado. Toma un sorbo de agua mineral, se seca la cara
con una toalla y anuncia con una voz débil que el baterista
cantará el siguiente tema. Entonces la voz profunda de Wayne
June se luce con I'm tore down. Johnny retoma las riendas vocales
con Lone Wolf, de su último disco.
El Astoria está que arde. La gente está muy satisfecha
con el show, porque se nota que sobre el escenario el viejo Johnny
está dejándolo todo. El inconfundible ritmo de Hoochie
Coochie Man obliga a todos a mover sus cabezas a la par. Wayne June
empieza a contar que cuando Johnny era chico había tenido
el sueño de conocer a Muddy Waters. Y que ese sueño
no sólo se hizo realidad, sino que superó sus más
íntimos deseos. Johnny tocó con Muddy Waters, produjo
sus discos e incluso llegó a vivir con su familia. "Muddy
llegó a quererlo como a un hijo", grita Wayne June,
y Johnny empieza a cantar la letra de la canción: "Gipsy
woman told my mother...".
La gente delira: los que están en la parte de arriba del
teatro ya se despegaron de sus butacas hace rato. Los de abajo empujan
suavemente hacia adelante, con ganas de acercarse más al
escenario sin pasar por encima de nadie.
Paul
Nelson vuelve a escena. Y la banda se despacha con una poderosa
versión de Johnny Guitar. El calor le gana al Astoria. El
final del show parece inminente cuando los primero acordes de It's
all over now empiezan a sonar. En una hora de show el albino cautivó
al público.
Termina la canción y los músicos saludan al público.
El mismo asistente que lo había ayudado a entrar vuelve y
le da una mano a Johnny para que se levante de la silla. Lo acompaña
unos metros, pero la ovación de la gente es tal que no llegan
a salir del escenario y ambos vuelven sobre sus pasos. Johnny se
sienta en la silla y toma de nuevo su guitarra.
Es la hora de los bises, también la hora del slide: lo mejor
quedó para el final. De nuevo con formato de trío,
Johnny despunta unos punteos memorables en Got my mojo working.
Una más para cerrar y dejar a todos conformes: Highway 61
revisted. El espíritu de Bob Dylan y Mike Bloomfield sobrevuela
el ambiente. Pura potencia para el final. El show ha terminado,
pero la gente quiere más y se niega a bajar las escaleras
que los llevarán a la puerta del Astoria que da a la calle
Charing Cross. Pero a Johnny se lo nota extenuado y es evidente
que ya no seguirá.
Musicalmente Johnny está intacto, incluso mejor que hace
una década. El blues es su vida. El blues es él. Un
recital para no olvidar jamás, incluso para aquellos que
lo vieron todo.
Martín Sassone
martinsassone@hotmail.com
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